Marketing “vital”

Hace unos años se puso de moda la expresión “marketing viral” para definir un nuevo tipo de campañas publicitarias que conseguían transmitirse por la red como verdaderos virus. Algunos, sin embargo, se dedican al “marketing vital”, a distribuir ideas de modo más o menos encubierto, con el fin de que calen en la sociedad. 

En España llevamos treinta años con campañas de este tipo, que se han servido de los medios de comunicación para intentar modificar estados de opinión. ¿Alguien se acuerda del referéndum de la OTAN? Esta consulta servía como ejemplo a un profesor de mi facultad para mostrarnos cómo se puede en pocos meses cambiar la opinión mayoritaria de una sociedad, incumplir una promesa y, además, ofrecer una imagen de coherencia.

La consulta sobre la OTAN no deja de ser una anécdota, aunque nos da una idea de la calidad intelectual buena parte de la sociedad en la que vivimos. Con otras cuestiones, el cambio social ha sido más profundo y trágico: divorcio, aborto, fecundación in vitro, investigación con embriones, eutanasia (¿quién no recuerda “Mar adentro”?), parejas de hecho, “matrimonio” homosexual… Hablando en plata, nos han colado lo que han querido.

Un medio especialmente agresivo en sus campañas de marketing ideológico ha sido El País, bajo la apariencia de periódico serio y progresista. Este diario publicó el 20 de marzo un reportaje de Luz Sánchez-Mellado dedicado a elevar a los altares a Anna Veiga, “la madre científica de la primera niña probeta española”… Lo reproduzco íntegro con algunos destacados en color rojo…

Mamá Anna

Anna Veiga cierra el círculo. Fue, en 1984, la madre científica de la primera niña probeta española. Un ‘milagro’ convertido en rutina que ha solucionado problemas de infertilidad y ha posibilitado nuevos modelos de familia. Ahora investiga con células madre. La inminente presidenta de la Sociedad Europea de Reproducción Humana celebra 30 años de carrera.

El amuleto estrella de Anna Veiga es un erizo de cristal Swarovsky. Lo tiene bien a mano, a su derecha, sobre su atestada mesa de trabajo. Lo muestra: una primorosa bolita cuajada de espinas de hielo. Reluce como nuevo, pero lleva 27 años dándole suerte. Eso al menos cree ella. Porque resulta que Veiga, esta resuelta mujer de 54 años, doctora en Biología, pionera de la reproducción asistida en España y responsable del ultramoderno banco de células madre del Centro de Medicina Regenerativa de Barcelona, es supersticiosa. A ver -precisa ella apoyándose en la muletilla sobre la que apuntala muchas frases- ser, ser, es una científica pura. Racional. Cartesiana. Agnóstica. Está harta de ver brotar la vida en directo bajo su microscopio. Sabe de dónde viene todo bicho viviente. No cree en Dios ni en nada que se le parezca. Pero este bicho en particular que no se lo toque nadie. Para ella es sagrado.

Se lo regalaron Dolors Perea y Ricard Sánchez en el verano de 1984. Nueve meses antes, Veiga y sus colegas del Instituto Dexeus de Barcelona habían logrado fecundar un óvulo de Dolors con un espermatozoide de Ricard en un tubo de cultivo y transferir el embrión resultante al útero materno. Treinta y siete semanas más tarde, tras un embarazo de libro, llegaba al mundo por cesárea Victoria Anna Sánchez Perea, la primera niña probeta en España. Fue el 12 de julio de 1984. El particular “día de la victoria” de Anna Veiga. El momento más emocionante de su vida. De la profesional, desde luego, pero también, junto al nacimiento de su único hijo biológico, Ian, que hoy tiene 23 años, uno de los hitos de la personal.

Así lo describe ella mismo en El milagro de la vida (RBA), las memorias que publica ahora, al cumplir 30 años de carrera y en vísperas de asumir, en junio, la presidencia de la Sociedad Europea de Reproducción Humana y Embriología. El puesto más alto al que puede aspirar un especialista en el mundo, según informa la propia interesada sin ápice de falsa modestia. “Me llena de un orgullo inmenso”, reconoce. Se trata de un cargo tradicionalmente ocupado por científicos del norte de Europa. Pero Veiga se trabajó “a conciencia” su candidatura y logró imponerse en una maratoniana sesión de entrevistas sobre el otro aspirante, un biólogo danés que aún no se lo ha perdonado, sospecha. “Él se creía que tenía el puesto asegurado y no lo ha digerido”, bromea. “En serio, tengo la sensación íntima de recoger el fruto del esfuerzo de muchos años, de que se cierra un círculo”, dice devolviendo el erizo de la suerte a su sitio en su escritorio de la planta cuarta del Parque de Investigación Biomédica de Barcelona, donde trabaja desde 2006.

Lo del círculo es tan literal como lo de su profesión. La bióloga Veiga lleva toda la vida trabajando por la vida. Empezó produciendo embriones para que otros pudieran ser padres en el presente. Y ahora estudia embriones para mejorar la calidad de vida de otros en el futuro. Su paso de la reproducción asistida a la investigación con células madre ha sido “una evolución natural”. Una cosa ha ido llevando a la otra a la vanguardia biomédica mundial, y ella no ha querido perderse ese tren. Siempre le gustó la primera línea. “El conocimiento que hemos adquirido con la fecundación in vitro ha abierto un horizonte inmenso”, explica. “Antes, nadie había podido estudiar ni manipular un embrión humano en esas primeras fases. Es que ni lo habíamos visto. Ese bagaje, y el hecho de poder disponer de embriones sobrantes de la reproducción asistida, es lo que nos permite hoy investigar las posibilidades de las células madre”.

Aquí, en este edificio cubierto de láminas de cedro y abierto en U a la playa de la Barceloneta, se encuentra el Banco de Líneas Celulares de Barcelona que dirige Veiga. Uno de los tres centros públicos españoles -con Granada y Valencia- donde se obtienen y conservan células madre embrionarias. Aquí vienen a parar los embriones que las parejas sometidas a reproducción asistida en Cataluña deciden no utilizar y donar a la ciencia. Llegan congelados. El equipo de Veiga los descongela, los cultiva, obtiene de ellos las células madre y las pone a disposición de los investigadores que las solicitan. Por cierto que el erizo de Swarovsky también tuvo su papel en los primeros tiempos. “Fui al Instituto Karolinska de Estocolmo para aprender la técnica de derivación de líneas celulares”, recuerda Veiga, “pero a la vuelta empezamos a intentarlo y no acababa de salirnos. Un día, harta de que las células madre no nos crecieran bien, me bajé el erizo al laboratorio y allí estuvo hasta que empezaron a marchar las cosas. Yo solo creo lo que veo”.

Veiga sabía mejor que nadie, porque lo veía a diario, cómo de la unión de un óvulo y un espermatozoide como los que ella juntaba en la probeta se generan todas las células de todos los órganos de un bebé. Más de 200 tipos. Pero hasta 1998 no se documentó que las llamadas células madre del embrión son pluripotentes. Tienen la capacidad de transformarse en cualquier tipo de célula. Lo que tratan de averiguar los científicos desde entonces es cómo lo hacen, para poder producirlas y tratarlas, y trasplantarlas después a los enfermos con el fin de regenerar órganos o tejidos dañados. La llamada terapia celular. Un campo que aún no ha dado aplicaciones clínicas concretas, pero que puede revolucionar la medicina y en el que se producen hallazgos constantes. Uno de los más revolucionarios, en 2006, es la posibilidad de crear en laboratorio células adultas de pluripotencialidad inducida (IPS), sin necesidad de partir de un embrión.

Juan Carlos Izpisúa, investigador estrella del Instituto Salk de California y director del Centro de Medicina Regenerativa de Barcelona, es una de las autoridades mundiales en la materia. Y el jefe de Veiga, a la que fichó después de convocar un concurso en la revista Nature. Antes de eso, y de la propia creación del CMRB, Veiga había ido a conocer el trabajo de Izpisúa en California. El flechazo entre la madre española de la reproducción asistida y el padre español de las células madre fue instantáneo. Y mutuo. Tras 25 años en el laboratorio del Instituto Dexeus, Veiga se replanteaba su futuro profesional. Izpisúa, uno de tantos cerebros nacionales emigrados, entraba en la agenda de los gestores políticos del país. No está tan claro quién fichó a quién.

El inglés es la lengua franca del Parque de Investigación Biomédica de Barcelona. Pulula por los pasillos una legión internacional de chicos y chicas con piercings,tatuajes y gafas de pasta uniformados con batas blancas. Son investigadores becarios. Veinteañeros, treintañeros a lo sumo, con expedientes de matrícula, tesis cum laude, una generación de eminencias en potencia. Veiga es, por edad y experiencia, toda una sénior entre tanto júnior. “Sí, supongo, aunque ni me giro cuando me llaman señora, siempre creo que no es a mí”. Sin embargo, tiene claras un par de cosas. Una: “yo con mis notas de la carrera ni hubiera pasado el corte para estar aquí”. Y dos: “no me acobardo fácilmente”. Su carácter curioso e inquieto fue el que la impulsó, a los 50 años, a “tirarse a la piscina” dejando “un terreno que dominaba absolutamente”: el día a día de la reproducción asistida, para iniciarse en otro en el que muchos de estos jóvenes que podrían ser sus hijos le dan sopas con honda.

“Pasar de ser cabeza de león a cola de ratón no fue fácil”, admite. “Tengo muchas carencias científicas, sobre todo en biología molecular, que ni existía cuando yo estudié. Tengo que chapar todos los días, y aun así hay cosas que no entiendo, pero entonces les pregunto a ellos, que han nacido con esas herramientas. Una cosa que yo sí puedo aportar es cierta visión de conjunto y propiciar la interrelación entre los grupos de investigación y los grupos clínicos. Juntar esos dos mundos que tanto tienen que ver, pero que pueden llegar a estar tan separados”, presume. Que la doctora Veiga es coqueta salta a la vista. No hay más que ver su estiloso conjunto de punto negro, su melena salpicada de mechones platino y su media docena larga de pulseras bailándole en las muñecas. Pero jamás se le han caído los anillos.

Tenía 23 años y acababa de licenciarse en Biología cuando leyó una entrevista en la revista Ser Padres. Pere Barri, ginecólogo del Instituto Dexeus, hablaba de la fecundación in vitro. Una técnica desarrollada muy poco antes por el fisiólogo británico Robert Edwards -premio Nobel de Medicina 2010- y que había culminado con el nacimiento, en 1978, de Louise Brown, la primera niña probeta del mundo. Veiga lo vio claro. Tiró “de morro” y le pidió a su madre, paciente como ella del servicio de ginecología de Dexeus, que tirara a su vez de contactos para conseguirle una cita con Barri. Hasta hoy.

Fueron Barri, Veiga y su colega la bióloga Gloria Calderón los que pusieron en marcha el servicio de reproducción asistida de Dexeus. Era Veiga la que cogía su Seat 124, trucado por su padre, y se hacía los 600 kilómetros de ida y vuelta hasta Montpellier (Francia) para comprar los tubos de cultivo donde intentaban juntar los óvulos y los espermatozoides en el laboratorio. Aquí ni había. Trataron más de 20 casos sin éxito hasta que prendió el embrión de Dolors y Ricard y se convirtió en Victoria Anna. Un embarazo que Veiga y sus colegas siguieron “como si fuera el primero del mundo”. “Para nosotros, de alguna forma, lo era”.

Después vinieron muchas otras primeras veces. El primer bebé nacido de un embrión congelado. El primer diagnóstico preimplantacional. La primera selección del sexo del embrión para evitar la transmisión de enfermedades genéticas. El primer embarazo con óvulos y esperma de donantes. Su equipo era casi siempre el primero en lograrlo en España, siempre un pasito por detrás de los pioneros mundiales. Los mismos a cuyos dominios acudía Veiga sin el más mínimo complejo para aprender, importar la técnica y transmitirla después a otros equipos que empezaban a trabajar en el país. La emoción de explorar nuevos terrenos podía con la incertidumbre y la inseguridad. “Nunca he tenido la sensación de caminar en el filo, en el sentido de que podía caerme del lado malo. Pero sí de transitar por un sitio por donde no había nadie”, recuerda. “Esa soledad de cuando las cosas no salían y decías: ‘¿y ahora qué hago?, ¿a quién le pregunto?’. Hoy la información se transmite y se comparte al instante, lo que facilita el conocimiento y permite avanzar mucho más rápido en ciencia. Pero entonces estábamos solos; por no tener, no teníamos ni fax”.

Lo que comenzó siendo casi un milagro -“aún se merece ese adjetivo: si no lo es, lo parece por lo extraordinario, maravilloso y excepcional que es ayudar a crear una vida humana”- es hoy una opción más para las parejas con problemas de infertilidad. Pero no solo para ellas. También para las mujeres que quieren ser madres más allá de la edad óptima para la reproducción. Para las parejas de mujeres que deciden ser madres con semen de donante. Para los hombres y mujeres que desean conservar congelados sus óvulos y su esperma para poder ser padres en el futuro. El 2% de los niños nacidos cada año en España lo hacen gracias a la ayuda de la reproducción asistida en alguno de los 150 centros públicos y privados que operan en el país. Los motivos de sus progenitores son tan diversos como ellos.

Algunos de los pequeños concebidos en los últimos años en el Instituto Dexeus han venido hoy a posar con Anna. Los ha convocado ella misma a golpe de teléfono y agenda personal. Hace mucho que Veiga, actual directora científica del Servicio de Medicina de la Reproducción del centro, no fecunda ni implanta embriones, al menos a diario, pero sigue atendiendo a quien la llama. “No pasa un día sin que me localice alguien, y trato de ayudarles”. Amigos y conocidos, claro, pero también extraños que, a veces, terminan siendo amigos. Esa es la relación que la une con los padres de los niños que posan con ella para este reportaje. A algunos de ellos los ha visto antes que nadie, al microscopio. “Ellos no se acuerdan, pero los conozco desde muy pequeñitos”, bromea.

Estos niños, como el resto de los 10.000 nacidos en Dexeus desde 1984, no habrían venido al mundo sin ayuda. Veiga, miembro activo del Comité de Bioética de Cataluña, aún recuerda “a los cuatro gatos que se manifestaban con pancartas ante la clínica Dexeus llamándonos abortistas en los primeros tiempos”. Desde entonces, los avances científicos han ido parejos a los cambios sociales -como el retraso espectacular de la edad de la maternidad o las nuevas familias homoparentales-, en uno de los casos más espectaculares de adecuación de la oferta y la demanda en la historia de la medicina. “Una cosa es a la vez causa y consecuencia de la otra. Lo que antes no se podía ni imaginar, ahora es habitual”, dice Veiga, muy consciente de que con su trabajo desafía lo que hasta hace poco se entendía como natural.

“Los límites de la naturaleza se traspasan continuamente”, arguye. “Desde el momento en que te tomas un antibiótico para parar una infección que, dejada a su aire, podría matarte. Si vamos a eso, igual de imposible es que procree una mujer con las trompas obstruidas, o un hombre sin espermatozoides, o que procreen dos mujeres, o dos hombres. ¿Es peor una cosa que otra? ¿Por qué? Son familias distintas. Y yo no soy nadie para decidir quién puede tener hijos y quién no. Se nos han cambiado los esquemas, y muy rápido. Y lo que tiene que prevalecer es el interés del niño. Necesitamos un marco legal para trabajar. Es la sociedad la que debe decidir qué quiere y qué no quiere hacer”.

En este sentido, y admitiendo que “hay que aislar cada caso concreto”, reconoce que el recurso de los vientres de alquiler prohibido en España, pero admitido en EE UU o India- no le convence. “No me gusta, me produce malestar, sobre todo por lo que puede tener de comercialización de la mujer”. Por no hablar de casos como los de ciertas celebridades de Hollywood de las que se dice que acuden a madres subrogadas para no estropearse ellas con un embarazo: “eso es directamente de imbéciles”. Tampoco le parece que “congelar óvulos a los 25 para ser madre a los 40, como están haciendo algunas chicas en España, sea la solución a la dificultad de las mujeres de compaginar la maternidad con la carrera profesional, ¿o es que nos hemos vuelto locos?”.

Fue la Ley de Reproducción Asistida de 2006 la que permitió formalmente la investigación con los embriones donados por los antiguos clientes de Veiga. Esos con los que hoy trabaja. Pasar del trato directo con pacientes y de ver la recompensa a su trabajo nueve meses después en forma de preciosos bebés a investigar con células madre para curar enfermos a un mínimo de 10 años vista le ha costado, reconoce. “A veces te preguntas dónde está el niño, porque aquí no hay niño”, sonríe. “En investigación básica cuesta muchísimo más ver el resultado concreto de lo que haces. Pero si no se hace, y no se hace bien, no lo veremos nunca”.

Veiga posa con soltura. Está acostumbrada a las cámaras. Es, de hecho, casi una celebridad nacional, y no solo en su campo. A diferencia de otros colegas, nunca ha huido del foco mediático. Al revés, considera la divulgación “una obligación y una responsabilidad”. “Negarse a hacerlo me parece una falta de respeto a los ciudadanos. Muchos de los programas de investigación se pagan con fondos públicos, y la gente tiene derecho a saber lo que hacemos”. Es, por tanto, previsible que en su nuevo papel de presidenta de la sociedad médica y científica, Veiga se convierta en algo así como la madre visible de la reproducción asistida en Europa. No le disgusta el símil. Para madraza, ella.

A su hija mayor, Victoria Anna, la ve de cuando en cuando. En privado. Su 25º cumpleaños fue el último que celebraron con luz y fotógrafos. Hoy, Vicky ha excusado su presencia. En julio cumple los 28 y ya vuela sola. Está perfecta, como sus hermanos de probeta. “Los chicos in vitro son absolutamente normales, no se han observado diferencias en su desarrollo con los concebidos in vivo”,explica Veiga. Y se embala: “No tienes más que ver a la Louise Brown. Ya ha sido mamá. ¿No has visto las fotos? Está tremenda, la pobre, estos ingleses comen de aquella manera. Ella fue la primera, vale; la nuestra nació seis años después, de acuerdo; pero la Vicky es muchísimo más mona, ¿eh que sí?”.

Suficientes, ¿no?

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Un Comentario

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