Terrorismo: ¿Estamos preparados para perdonar?

Zulo en el que retuvieron a José Antonio Ortega Lara durante más de un año.

Comida de trabajo en el bar La Cepa de San Sebastián. Enero de 1995. El futuro pinta bien, pero un pistolero lo corta de raíz apuntando a la nuca de Gregorio Ordóñez y acabando con su vida.

Así. Sin más. Ante su equipo. Y punto. Gregorio tenia 36 años y podría haber ganado las elecciones municipales de San Sebastián que se celebraron en mayo de ese mismo año.

Junio de 1987. Avenida Meridiana de Barcelona. Centro comercial Hipercor. En el aparcamiento, un Ford Sierra estalla. Son las cuatro de la tarde. Mueren 21 personas. No son políticos, ni militares, ni lo que algunos consideran enemigos del pueblo vasco. Gente normal y corriente. ETA bate un récord, vigente todavía.

Tres por dos y medio: el espacio en el que José Antonio Ortega Lara vivió secuestrado durante 532 días, otro récord. El 1 de julio de 1997, la Guardia Civil lo libera. Convencido de que son sus secuestradores quienes se dirigen a él, Ortega grita segundos antes de que lo liberen: “Sabéis que no tengo miedo. Matadme, matadme ya de una vez”. Era funcionario de prisiones.

A Miguel Ángel Blanco lo secuestraron el 10 de julio de 1997 y lo mataron el 13 de un tiro en la nuca, después de que el gobierno rechazara el acercamiento de los presos de ETA al País Vasco. Antes y después del crimen, millones de personas salieron a la calle en todas las ciudades de España. Ni caso.

Con una bomba lapa adherida a los bajos de su Citröen C-15, el fontanero Francisco Cano se paseó por Terrassa y alrededores hasta que el artefacto estalló a las 10,45 del 14 de diciembre del año 2000. Falleció poco después en el hospital. Era concejal en Viladecavalls.

A Fernando Múgica, político del PSE, lo asesinaron el 6 de febrero de 1996 delante de su hijo, en San Sebastián. A Ernest Lluch, también solicalista, el 21 de noviembre de 2000. A Julia Ríos, panadera, Antonio Ricondo, estudiante, y a Eutimio Gómez, celador de hospital, ETA los asesinó con un coche bomba que estalló en el momento que pasaba un vehículo de la Policía Nacional. Y a José Benigno Villalobos, cabo de la Guardia Civil, lo tirotearon en Traparagán, provincia de Vizcaya, el 28 de abril de 1994. A la agente de la Ertzaina Ana Isable Aróstegui le llegó la hora el 23 de noviembre de 2001, en Beasain, provincia de Guipúzcoa.

En la Diagonal de Barcelona murió el guardia urbano Juan Miguel Cervilla. Por “error”: se acercó a a ayudar a su asesino cuando éste empujaba su coche averiado, con el que se movían mientras preparaban un atentado contra Luis del Olmo. Era el 20 de diciembre del año 2000.

Y Joseba Pagaza (policía municipal y militante del PSE), José Luis López de la Calle (periodista), Jesús Sánchez, Manuel Calvo, José Javier Arritegui (gerente de un bar), Jesús Manuel Campos, Baldomero Barral (panadero), Francisco Expósito (taxista), José Luis Pérez Mojena (chófer de Carrero), el ecuatoriano Diego Armando Estancio (murió sepultado en el aparcamiento de la T4 de Barajas)…

He empezado por Gregorio porque era licenciado en Comunicación por la Universidad de Navarra, como yo. He tirado de memoria y de hemeroteca. Podría seguir, pero aquí tenéis una relación más o menos exhaustiva de las víctimas de ETA. Además, heridos, viudas, huérfanos, familiares y amigos. A todos les han quitado a alguien.

El fin de ETA pasa por perdonar

Durante años se ha hablado del final de ETA. Ahora, sin embargo, parece encontrarse más cerca que nunca. Su base política ha dado pasos históricos desmarcándose de la estrategia de la violencia y se presentarán a las elecciones. ¿Está negociando el gobierno con ETA y su entorno? No lo sé, pero lo parece. Las víctimas estás indignadas. Lo entiendo hasta donde puedo. Yo no he pasado este trago, pero intento imaginar cómo se sienten.

¿Están –y estamos– preparados para perdonar? El ciclo vital de ETA y las consecuencias de sus actos terroristas no se cerrará hasta que seamos capaz de perdonar. Sin perdón, ETA no acabará. Sin perdón, las heridas no cicatrizan. Sin perdón, no es posible avanzar. No me refiero a la sociedad o a la resolución del problema del terrorismo, me refiero a todas y cada una de las personas afectadas por los crímenes de ETA.

Perdonar cuesta. Supone un esfuerzo casi sobrehumano, porque el daño causado es irreparable. Es doloroso, terriblemente doloroso, pero el final pasa por perdonar. Algunos lo han conseguido. Otros no. No siempre es posible, o no siempre se quiere, pero la derrota completa de ETA sólo llegará con el perdón de las víctimas.

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  1. Quing

    Estoy contigo: aunque cueste -y debe costar muchísimo cuando te arrancan así a un ser querido- a única manera de acabar esto es con el gesto maravilloso, magnánimo y espléndido del perdón.
    (Y, desde mis convicciones, me parece esto muy difícil sin Dios mediante).

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  2. paterfamilias

    Estoy de acuerdo contigo en que es necesario el perdón, pero discrepo contigo en la dirección del perdón. Los terroristas deben pedir perdón a las víctimas.

    Ahora empieza una nueva etapa con los terroristas en las instituciones públicas. Ahora será más fácil señalar a los “enemigos del pueblo vasco”. Ya no hará falta seguirlos, simplemente se les facilitarán los datos.

    Y el que quiera compararlo con el proceso de paz de Irlanda del Norte, que lo haga, pero no tiene nada que ver.

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    • Txus Vila

      Añadiré un matiz: el fanatismo del ETA y su entorno probablemente les incapacite para pedir perdón. No han hecho un solo gesto. Es más, han hurgado en la herida siempre que han podido (por ejemplo, enfrentándose a quienes se manifestaban pidiendo la libertad de un secuestrado).

      La idea que trato de transmitir es que cuando llegue el momento en el que ETA deje de existir todos los que hemos apostado por la paz tendremos que pasar el mal trago de ver a esta gente por la calle, se hayan arrepentido (algún caso hay) o no. Por eso he empezado el post recordando algunas de las muchas barbaridades de ETA.

      No quiero entrar a valorar el hecho concreto demos entrada de Bildu en las elecciones. De entrada me repugna ver de qué manera emplean una vez más las instituciones de un estado que ellos califican de opresor en su propio beneficio. O cómo se les ha abierto la puerta desde estas instituciones con una celeridad impresionante. Apunto al futuro, inmediato o no. Y no espero que ETA pida perdón primero, aunque debería hacerlo. No creo que tengan capacidad moral de hacerlo. Sin más, no tienen moral, porque atentar y acabar con vidas humanas destruye a la persona, también a quienes les apoyan. Lo único que puedo esperar es que entreguen las armas e intenten recuperar con el tiempo un mínimo de conciencia…

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