Lo siento, chicos, pero no todo vale

Estamos acostumbrados –por desgracia– a escuchar cómo una persona miente sin pestañear ante nuestras narices. Ya no nos impresiona. Tenemos, por ejemplo, a una clase política que se sirve de la mentira en todas sus formas. O los medios de comunicación. Es más, no sé si en este país se ha condenado a alguien por mentir.

Estamos acostumbrados, digo, porque no nos extraña, no nos indigna. A algunos, porque están dispuestos a creer todo lo que se les dice si quien lo dice le merece confianza. Creen a ciegas. A su líder político, a su columnista de cabecera o al locutor de turno que adoctrina a la audiencia con sus homilías matutinas… Se tragan sus argumentos y los repiten como loros, dejándose con frecuencia, retazos del razonamiento original porque no lo han llegado a comprender.

A otros no nos extraña porque nos hemos hecho a un mundo en el que con demasiada frecuencia se aplica el “todo vale” para alcanzar un objetivo. ¿Hay que mentir? Se miente. ¿Es necesario saltarse a la torera una ley? Se salta. ¿Queremos hundir a un adversario? Se le hunde. Todo vale, cualquier cosa, mientras se alcance el objetivo. Lo hemos visto y oído en tantas ocasiones que ya no nos inmutamos. Triste.

Los medios de comunicación no dejan de ser empresas con intereses propios y, en muchas ocasiones, inconfesables. Y se acogen al tópico de la libertad de expresión para blindarse y servir en muchas ocasiones a esos intereses o interesados. A veces se trata de proteger a un inversor, a un anunciante o a alguien o algo que, por la razón que sea, conviene mantener al margen de una polémica en prensa, radio, televisión o internet. ¿Dónde queda entonces el derecho de los ciudadanos a la información?

En otras ocasiones, se trata de derribar a alguien, acabar con su prestigio y dejarle fuera de juego. Y ahí entran los intereses, porque siendo cierto que los medios tienen la obligación de dar a conocer –por ejemplo– casos de corrupción, no todos los medios son lícitos ni las intenciones limpias. La propia selección de las piezas a a señalar debería suponer un ejercicio en el que se valoraran también todos los aspectos relacionados con la ética en la comunicación. ¿Es lícito dar eco a las filtraciones procedentes de un caso que se halla bajo secreto de sumario? ¿Lo es? ¿Aprovecharse de la actuación delictiva del filtrador para diseñar una campaña de acoso y derribo refugiándose en el derecho a la información de los ciudadanos? ¿Qué intenciones mueven a los medios en sus investigaciones? 

No tengo la respuesta a todas estas cuestiones, pero me da la impresión de que los medios no se las plantean. En el momento en el que alguien les ofrece munición, ellos disparan si les interesa, sin importarles, aparentemente, la licitud de los medios empleados para obtenerla. Estamos, creo, en el todo vale si sirve a mis intereses, muy lejos, por tanto, de lo que debería ser, porque nunca ni en ningún ámbito de la vida, el fin ha justificado el uso de medios ilícitos.

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