¿Somos realmente honrados?

El mar de la política está revuelto. Una de las palabras estrella de las últimas semanas es corrupción. Todo el mundo habla. Cargado de la autoridad que confiere una o dos cervezas, cualquiera se atreve a declarar cualquier tontería. Lo cierto es, sin embargo, que hay motivos para estar preocupados.

Se podría pensar sencillamente que se trata de un problema de la clase política. Bien. Quizá sí, pero sería simplificar, ¿no?, por eso de que la culpa la tienen siempre los demás y que casi todo el mundo es bueno.

La verdad es que personalmente me da igual si Bárcenas ha hecho una cosa o la otra, si hay una trama de espionaje, si el CNI no se qué… Bueno, no es que me dé igual, más bien pienso que son solo síntomas de una enfermedad de la sociedad. A ver, que estamos hechos un desastre, que esto no hay quien lo sostenga y que tarde o temprano acabará mal.

¡Uy!, pensará alguno, a este se le ha ido la pinza. No, ni se me ha ido ni se me irá, basta con echar un vistazo para comprobar que la carcoma corroe los fundamentos de una convivencia sana y no solo los escaños de sus señorías.

Al grano: ¿somos honrados? No, no me refiero al común de los mortales, sino al lector y a mí mismo. ¿Lo somos realmente? ¿Radicalmente? ¿Somos sinceros, leales, fieles a nuestros compromisos, solidarios, generosos? Alguno pensará que sí, porque, probablemente, no se habrá molestado en ser sincero consigo mismo. Y es que en uno mismo empieza la regeneración o la corrupción moral de una sociedad.

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