Me han robado la cartera

Bueno, a mí no, a mi padre. Estaba esperando en el coche con las ventanas abiertas, en el asiento del acompañante, y ha aparecido un tipo que le ha distraído mientras otro, por la otra ventana, la cogía del salpicadero.

Hace unos meses, en una iglesia, le robaron a mi madre el ordenador. En fin.

Mal está Barcelona. En cualquier lugar te dan el disgusto. ¿Cuántos teléfonos han volado mientras la gente se toma una caña en la terraza del bar? Cientos. Es otro ejemplo.

Ya sabemos cómo está la economía, pero siempre da un disgusto que te roben o te atraquen. A mí me sucedió una vez, hace veinte años, en el andén de una estación de metro. No había apenas gente y, entonces, tampoco cámaras de seguridad, de modo que se acercaron cinco o seis tíos y me pidieron todo lo que llevaba encima.

Se lo di, ciento cincuenta y pico pesetas, pero también quisieron quitarme la medalla que colgaba de mi cuello. Ahí me negué. Era un recuerdo de familia y con esto, amigos no se juega. A pesar de amenazarme con sacar una navaja, me planté y me dejaron. Debían ser novatos.

Pues eso. Ahora, si cojo el coche, seguro puesto y se acabó. Si estoy en un bar, teléfono en el bolsillo. Y si quiero dar limosna o ayudar a alguien con mi dinero, lo hago, pero elijo yo, no otros por mí.

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