Corrupción: empezar por barrer la propia casa

De vez en cuando aparecen en los medios encuestas sobre las preocupaciones de los ciudadanos. Creo recordar que en las más recientes, la corrupción aparecía en los primeros lugares. Lógicamente, en primer lugar, estaba el paro.

Fuente: ABC

Fuente: ABC

Que la corrupción preocupe podría parecer un síntoma de que la población es madura y siente que existe un problema grave que afecta, principalmente, a la clase política y a quienes negocian con ella, por ejemplo, contratos de cualquier tipo. En efecto, la sensación de que “aquí todo el mundo está pringado” se extiende: Gurtel, Noos, Eres de Andalucía, UGT… Investigaciones que avanzan lentamente y que representan grandes cifras de dinero que no se ha usado correctamente.

Estoy convencido de que sí afloraran todos los casos al mismo tiempo, se colapsaría definitivamente el sistema judicial.

Me quiero fijar, sin embargo, en un aspecto que no valoramos suficientemente. El fenómeno —o, por el contrario, el comportamiento ético— no es un fenómeno colectivo: se nutre de comportamientos individuales. Lo leía esta semana en un post de un blog dedicado a la Ética empresarial, que recordaba oportunamente que cada una de nuestras acciones —o la inmensa mayoría— nos convierten en mejores o peores personas.

Y me pregunto sí aquellos encuestados que manifestaron que la corrupción ocupaba el segundo lugar entre sus preocupaciones se han planteado a sí mismos cómo actúan en su vida personal y profesional. Yo mismo lo hago ahora, y sí uno es sincero consigo mismo, observará luces y sombras.

La ética nos recuerda que los actos virtuosos nos hacen mejores personas, al mismo tiempo que los actos no virtuosos nos “desmejoran”. Es así y cualquiera lo puede comprobar. Muchos lo hemos hecho, alguno habrá que jamás se lo haya planteado, pero la experiencia lo demuestra.

Para conocer sí somos personas éticas es necesario examinar la propia conducta, no una vez en la vida, sino frecuentemente. Detenerse y preguntarse: ¿cómo estoy obrando en el trabajo? ¿Cuáles son los motivos que me llevan a comportarme honradamente: la vigilancia del sistema o una convicción profunda por hacer las cosas bien? ¿Qué intenciones nos mueven en la vida?

Podría continuar, pero creo que queda clara la idea. No no robar para evitar ir a la cárcel es un primer paso, de acuerdo, pero la motivación es débil, sobre todo ante el convencimiento de que uno no debe robar porque la virtud de la justicia así lo indica.

Ante la queja de la política está corrupta, yo respondo con dos preguntas: ¿Y tú? ¿Te has preguntado alguna vez si actúas honradamente en tu vida, o qué harías sí ocuparas un cargo público y pasarán por delante de tus narices oportunidades de corromperte?

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