¿Qué es morir con dignidad? ¿Decidir cuándo y cómo? No

Brittany Maynard quiere decidir cuándo morir. Hace unos meses, los médicos descubrieron que un tumor cerebral incurable acabaría con su vida en unos meses. Y se ha trasladado a Oregon para poder decidir cuándo y cómo dejar este mundo. El caso de esta joven de 29 años está reabriendo el debate sobre la eutanasia en Estados Unidos y esta noche (horario estadounidense) explicará en una cadena de televisión por qué.

La verdad es que Brittany ya ha adelantado algunas de las razones en un vídeo disponible en YouTube. No quiere que el cáncer la destruya. En definitiva, si no me equivoco, no quiere perder “la dignidad” y cree tener el derecho de decidir cuándo poner punto y final a su vida.

El vídeo concluye con un texto que pretende ser demoledor:

“At present, Only 5 U.S. states allow terminally ill patients the right to die with dignity”

No, amigos, no. No forcéis la máquina. Quizá os habéis pasado un poco con lo de “morir con dignidad”. Comprendiendo todo lo que soy capaz de comprender su situación (de hecho, me conmueve profundamente), creo que puedo hablar con cierto conocimiento de causa sobre estos casos y sobre lo que significa realmente morir con dignidad, aunque sea algo distinto a lo que ella y sus parientes plantean. Como estrategia de comunicación está perfectamente pensada y, probablemente, su caso no hubiera saltado a la palestra sin ayuda de los defensores de la eutanasia, con todo mi respeto y compasión hacia esta joven.

Saber vivir, saber morir

Algunos de mis escasos lectores sabrán a qué y a quién me refiero. Juan (no es su verdadero nombre) murió a los 41 años –los que tengo yo ahora–, también por un tumor cerebral intratable. Su enfermedad, es cierto, duró algunos meses más. Es cierto que entró en una fase de decadencia física. Incluso su aspecto cambió por los tratamientos. Pero, salvo una vez, no le oí quejarse de su enfermedad. La afrontó con optimismo, a pesar de que sabía que se moría (no era un ingenuo).

Se dejó ayudar, aunque le costara aceptar –imagino– que ya no podía llevar a cabo acciones cotidianas como hacer la cama, conducir… y, en los últimos días, que pasó en cama, para cualquier cosa necesitaba ayuda.

Juan se nos fue con naturalidad, consciente de que se iba, pero sin dramatismo. Los que estábamos a su lado lo tuvimos fácil. Muy fácil. Nos volcamos con él y él se volcó con todo el mundo, a pesar de sus limitaciones. El cáncer le consumía, pero a medida que perdía facultades, se daba más, luchaba más, vencía –paradójicamente– más. Y siempre alegre.

Morir con dignidad no es decidir el cuándo y el cómo

Él no decidió el momento ni el modo de morir. Permitió que llegara, un lunes a las diez de la mañana. Estaba acompañado por gente que le quería. Y se fue. Cuando le tocó. ¿Fue una muerte indigna? ¿Los que estuvimos con él tuvimos esa sensación? No. Rotundamente no. Con su vida y su enfermedad, con su muerte, con el modo de afrontar el proceso canceroso, la decadencia física, los últimos días, Juan nos dio una pista de cómo vivir, sufrir la enfermedad y, finalmente, morir dignamente. No hizo falta que señalara una fecha en la agenda para irse.

Horas después de su fallecimiento, un amigo común me hizo llegar un correo electrónico que Juan le había enviado semanas antes. Es demasiado personal y creo que debe permanecer en el ámbito de las personas que le conocimos. Viéndole luchar, viéndole alegre y leyendo aquellas líneas, cerré el círculo. Juan sabía que se iba, pero su fe le sostuvo, su abandono en la voluntad de Dios le hizo exprimir cada una de las horas y de los días sirviendo a los demás. Y confesaba: “Y cada día más contento”. Doy fe.

Tampoco yo soy tan ingenuo para pensar que Juan no pasó tragos muy amargos, sufrimientos, humillaciones… Pero supo dar a todo ello un sentido. Podría decir que, generalmente, uno muere como vive. Creo que, en muchos casos es así.

Ojalá pudiera vivir la enfermedad e irme como él. Con verdadera dignidad.

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Un Comentario

  1. Sara

    Hola,
    he leído la noticia y he sentido una inmensa tristeza. Realmente no es justo que una persona tan joven reciba una sentencia de muerte así, pero, por otro lado, ¿quién ha dicho que la vida sea justa?
    Me ha gustado mucho tu testimonio, la historia de Juan. Yo también pienso que la eutanasia no es una muerte digna, es una muerte sin más; que la dignidad la pone el sujeto, no la enfermedad o el hecho de dejar de respirar, voluntaria o involuntariamente. Y siento pena por la chica, cuya respuesta ante la mala noticia ha sido acortar el plazo que se le ha dado, en lugar de tratar de hacer que ese tiempo valga la pena.
    No estoy en contra de la eutanasia cuando es uno mismo, en plena posesión de sus facultades, quien la elige. De manera que, aunque no comparto su decisión, la respeto. Sí estoy, radicalmente en contra, cuando son otros quienes deciden acabar con la vida del enfermo, aunque haya dejado un “testamento vital” (todo el mundo tiene derecho a cambiar de opinión, aún en coma).
    Quizá deberíamos leer más a gente como C.S. Lewis.
    Un saludo

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