Categoría: Así somos

Todo el mundo lo sabía…

A toro pasado es fácil explicar por qué Trump ha ganado las presidenciales de Estados Unidos. Algunos presumen de haberlo predicho. ¡Ah! En algunos casos, hay quien se mojó y afirmó que Donald Trump vencería a Hillary Cinton. En otros… Medallitis. “Como ya dije…”

Sucede lo mismo con los equipos de fútbol, “ya os avisé de que este equipo era peligroso”, después de una derrota, o con los resultados electorales y la evolución del proceso de formación de gobierno en España… A toro pasado… no vale.

Yo no diré que sabía o dejaba de saber. Solo (sin acento, chicos de la RAE, aprobáis bodrios como “wasap” y nos volvéis locos con los diacríticos) sé que, en agosto, un perro se comió a mi querido hámster Obama II (ningún hámster aguanta dos legislaturas de cuatro años). Compré otro y, dada mi afición a poner nombre de políticos americanos a mis mascotas, le llamé Trump. Todavía no sé por qué. Probablemente es más corto que Hillary o que Clinton (por cierto, nombre de un nefasto personaje de la película Arde Mississippi, que os recominedo).

A toro pasado… Dejémonos de leches y si uno quiere declarar y apostar, que espere en la plaza, frente a la puerta de los corrales, a que salga el morlaco. Quizá sales mal parado, pero con un buen capotazo podrás decir orgulloso: “Ya os lo dije: Trump”.

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Por qué no hablamos de los grandes problemas

Un periodista publicó hace unos meses un artículo en que animaba a levantar la vista para contemplar lo que sucedía en el  mundo, más allá de los problemas locales. Fue muy criticado, me comentó. Y comprendo por qué. Con el morro pegado al terruño, no se ve más que la realidad inmediata. No basta tampoco con los medios de comunicación, en el que la inmediatez, las noticias importantes y las frívolas comparten el mismo espacio.

En esta etapa apasionante de nuestra historia vale la pena descubrir las corrientes de fondo y no quedarse con las espuma de las olas. Hoy se están generando los problemas del futuro y poca gente se atreve a encararse con el largo plazo porque los votos los da la actuación sobre lo inmediato.

En mi opinión, varios asuntos deberían reclamar nuestra atención por su magnitud, y cito algunos ejemplos:

Europa y los países europeos: la inmigración, proceda de donde proceda, tiene causas identificables y soluciones complejas. Algunos países necesitan trabajadores, a otros les sobran. Y no hay acuerdo, de modo que la tensión que se acumula amenaza con provocar conflictos en la UE. Sumemos a esta situación un dato extremadamente preocupante: únicamente tres países de la UE cubren la tasa de reemplazo generacional. Y no es un fenómeno nuevo: España lleva lustros sin hacerlo.

El envejecimiento de Europa todavía no ha planteado realmente una situación especialmente preocupante. De hecho, los países meridionales cuentan con unas tasas de desempleo desorbitadas y, en el caso del paro juvenil, demenciales. Pero en unos años la situación cambiará. No habrá europeítos suficientes para mantener a los europeos ancianos. Y –como hemos comprobado durante estos años de crisis– el estado del bienestar es muy vulnerable.

En este punto, dos factores entran en juego: el futuro del empleo y la tecnología:

  • ¿Habrá trabajo para todos?
  • Si lo hay, ¿quién trabajará? ¿Inmigrantes?
  • Por otra parte, ¿suplirá la tecnología a las personas? Si es así, ¿cómo y hasta qué punto?
  • ¿Es esta cuarta revolución industrial –término consolidado en la reciente cumbre de Davos– el final de un modelo económico y empresarial –y, en consecuencia social–?

Suceda lo que suceda, lo que parece claro es que el mundo tal y como lo conocemos hoy cambiará. Europa cambiará. España cambiará. Cataluña cambiará. Porque, la historia nos lo indica, es inevitable contener los movimientos demográficos. Porque ante un cambio o revolución tecnológica, habrá que encontrar, como se hizo en las anteriores, alternativas.

Mi confianza en la capacidad del hombre para superar un cambio como el que parece avecinarse permanece intacta. Desaparecerán puestos de trabajo, pero aparecerán nuevas oportunidades. Eso sí: con un coste, el de todos aquellos que se encuentren en el lugar equivocado y en el momento equivocado.

Sí que veo –y aquí coincido con las opiniones de algunos expertos– que el declive demográfico cambiará nuestras sociedades de tal manera que somos incapaces de imaginarlo. Los llamados valores europeos, las tradiciones, las lenguas, el color de la piel… Todo quedará diluido y mezclado probablemente con lo que traen consigo los inmigrantes. Como dicen los liberales –y en esto no les falta razón– no free lunch o, en castellano, nada es gratis. No hay hijos, pues…

Son ejemplos de estas corrientes que de un modo más o menos visible están actuando y que preferimos ignorar: desde los responsables políticos a los ciudadanos de a pie. Pero hincarle el diente a un problema que todavía no tenemos no es demasiado popular, ¿no? Y las conclusiones a las que llegaríamos quizá pondrían en cuestión la validez de los actuales “valores europeos”.

Demografía, inmigración, trabajo, tecnología: cuatro aspectos que debemos tratar con urgencia y valentía, porque, en función de cómo interactúen, producirán unos efectos u otros.

Me temo, sin embargo, que continuaremos pendientes de las tonterías que dicen los políticos y los futbolistas de 2016. Y, tal vez, antes de que nos demos cuenta, el calentamiento global provocará la subida del nivel del mar y… ¿qué pasará con el Maremágnum de Barcelona?

Coge de una vez tu pedacito de mundo

Han pasado meses desde que publiqué mi último post. De hecho, no recuerdo de qué hablaba. Y he dejado de escribir por cansancio. Estoy agotado de escuchar, oír, hablar de asuntos de escasa relevancia.

Hace unas semanas, un periodista bastante ponderado –es una opinión– publicaba un artículo en el que llamaba la atención sobre lo que sucede más allá de nuestras fronteras, no solo geográficas, también las que nos limitan la capacidad de pensar más allá de lo que sucede en nuestro ámbito más cercano o –como siempre se ha dicho– de ver la realidad a través de un canuto.

¿Sabéis? La batallita entre España y Cataluña me ha empezado a dar igual. El fútbol también. Me importa un pepino. Como los toros de no-sé-dónde o si Apple ha sacado un nuevo iPhone que es la leche. ¿Qué importancia tiene todo esto? Muy relativa. Si contáramos con un medidor de relevancia, el procés, la liga, la defensa de la paloma cornuda o el Barça-Madrid estarían muy abajo.

Veamos: ¿qué es realmente importante? Los conflictos armados que se llevan decenas de vidas humanas. Los desastres naturales que provocan miles de muertos, la situación de pobreza en la que viven cientos de millones de personas, la descomposición ética de las sociedades occidentales, las crisis de muchas familias, los millones de abortos que se producen cada año en el mundo. ¿Y qué responsabilidad tenemos en cada una de estas “cosas importantes”? Depende.

Un ejemplo. El que provocó una guerra como la de Irak, iniciada en 2003 y cuyas consecuencias estamos viendo doce años después, tendrá que responder. También quien la apoyó. Pero ni tú ni yo tuvimos nada que decidir en ese asunto, tal vez unos gritos en la calle y punto.

Nuestra responsabilidad se localiza en nuestro ámbito de influencia más cercano. No se puede comer una ballena de un bocado, hay que trocearla. Coge tu trocito de ballena, yo cogeré el mío, y desde nuestro sitio ayudaremos a cambiar el mundo. Tal vez no lo veamos, pero ¿por qué no soñar con ayudar a solucionar las “cosas importantes” en lugar de vivir obsesionados con las “cosas accidentales”? Sal de tu mundo y mira el mundo de los demás. Echa un euro en la cesta de un pobre, escucha a un anciano, sonríe al vecino, saluda a la gente… Sueña. El mundo es nuestro y a cada uno le toca un pedacito. Anda, coge el tuyo y a soñar, que estamos de paso y no hay tiempo que perder en tonterías.

Pequeñas historias anónimas

Estoy echando un pitillo en la entrada de urgencias de un hospital. Sí, uno de esos edificios llenos de gente que sufre y que ante los que muchos pasamos con indiferencia cuando estamos bien.

Aquí, en el hospital, he conocido a una señora mayor, Benita. No tiene familia. Vive sola, pero le ha tocado la lotería de contar con unos vecinos que se ocupan de ella. No sacan un duro por ayudarla, tampoco creo que la señora los tenga. Son su nueva familia.

Esta mañana, me explicaba la vecina, una de las hijas ha ido a visitar a Benita y la ha encontrado desorientada. La han acompañado al hospital y han pasado el día con ella. Cuando digo día, es todo el día. Acaba de marcharse a su casa. Allí, le darán una sopita para cenar y la acostarán. Y todo, for free.

Benita no tenía familia, pero sus vecinos la han acogido. ¡Qué lección! Suena a cuento navideño, pero es gente humilde que se ayuda y hoy ha sido Domingo de Pascua. Felicidades. Yo ya me he llevado esta pequeña historia, un regalo.

El banco, como el confesionario: las preferentes

Me comentaba un experto en economía y ética: “Te lo dice algún empleado de banca: mi despacho es como un confesionario“. Y es que por ahí pasa gente de todos los pelajes: jóvenes, mayores, más o menos acomodados, gente con y sin formación… Venía a cuento de una conversación sobre la responsabilidad de los bancos en la crisis, de las chapuzas y errores cometidos, de la frivolidad y falta de profesionalidad con la que se han gestionado, las preferentes… Pero me quedé con lo del empleado…

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