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Catalunya: Prou! Acabem amb el procés!

Ja em tastat les conseqüències de la culminació del procés. Desenes d’empreses que ja han fugit i que probablement no tornaran. Una aturada generalitzada de l’activitat econòmica. Una societat dividida no en dues parts, més aviat en cinc o sis. Hem de dir prou. Fins aquí.

Quan vaig sentir al president Puigdemont referir-se un cop més a la legitimitat que li han atorgat les urnes, en aquest cas les del referèndum del 1 d’octubre, no sabia si plorar o riure. Com pot ser tan cínic i donar validesa als resultats del 1-O?

També ho van fer amb les darreres eleccions plebiscitàries, que, algun dirigient ho reconegué, es van perdre amb menys de 47,8% dels vots.

Han fet de tot. Han falsejat la relaitat. Han inventat nous termes, com la DUI. S’han apropiat de paraules com “unionista” per a definir els que no volen la independència. Han parlat de la manca de llibertat –que m’expliquin en què–, d’estat autoritari, de repressió…

Evidentment, s’hauria d’haver evitat la intervenció policial al referèndum, però d’aquí a parlar de que som un poble reprimit… Si us plau!

I Espanya no entén que nassos passa aquí. No volen. No poden. Els hi supera? També els mitjans de comunicació i el propi Gobierno han donat peu a que ens vegin com a gent que vol trencar Espanya. A veure, el que volem es deixar de pagar peatges! Volem, necessitem un gest real, no una comèdia! Volem comprensió. I ja està! No és tan difícil: amb una mica d’empatia es podria solucionar molt.

A Catalunya portem setmanes amb una tensió màxima. Es pot tocar. La població, pensi el que pensi, està angoixada. I els responsables es diuen Puigdemont i Rajoy.

Si us plau, diguem prou. Ja s’han obert prou ferides que costarà de tancar. Moltes. A famílies, amics, etc. Tots ho hem viscut. Avui, 11 d’octubre, diguem prou. Prou de comèdia. Prou de tàctica electoralista. Prou de moviments per assegurar la victòria d’una banda o d’una altra. És l’hora de la magnanimitat. Govern i Gobierno, prou d’actuar com criatures malcriades. Sigueu adults. I trobeu una punyetera solució, perquè si no ho feu, això petarà.

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3-O: Un paseo por mi Barcelona

Me da pereza escribir sobre lo que los independentistas denominan “proceso“. Estoy cansado y harto, también de la pasividad del Gobierno. Es como una indigestión que se alarga en el tiempo –desde 2012, creo recordar– y que no logro superar.

Hoy me he paseado por Barcelona. El transporte público está fuera de servicio salvo en las horas punta y, como Barcelona no es una ciudad grande, me he animado a ir a hacer una gestión andando. Además de sudar la camiseta, me ha permitido observar el ambiente de un día de “paro de país” impulsado por ya no sé quién –y me importa muy poco.

 

Se han cortado a primera hora de mañana los accesos a Barcelona, entre otras vías. El ferrocarril, indispensable para decenas de miles de personas, ha funcionado al 25% en hora punta. Es cierto que en Barcelona se nota un tráfico mucho menos denso de lo habitual. Y miles de personas, la mayoría jóvenes, cubiertos por la estelada a modo de capa, dirigiéndose a la Plaça Universitat.

Sugerencia: ya que presumimos de ser la capital del diseño, de la vanguardia, que alguien proponga una alternativa a la estelada. Es horrorosa, hortera, bananera. Si fuera indepe, me negaría a llevarla o a colgarla del balcón. En este punto, como en otros, los catalanes estamos anclados en el pasado.

Me he encontrado con un equipo de televisión en las Ramblas. Eran guiris. Y he dado en el clavo: ¡la BBC! Y como no solo Puigdemont y Romeva hablan inglés, hemos comentado la jugada. Les he visto señalando la incapacidad de diálogo del Gobierno. No me ha extrañado. Están en su línea.

En Plaça Catalunya, la manifa de la CGT ha empezado. Estos sí que viven en otro siglo, pero no está mal la cantidad de gente a la que han conseguido convocar. Los lemas os los podéis imaginar.

Y cientos de personas dirigiéndose a la Plaça Universitat. La mayoría, jóvenes con su estelada, la señera u otras banderas a la espalda. Los supermanes. Algunas personas, talluditas, daban la nota entre tanta juventud. A ver, que ya tenemos una edad y uno canta como una almeja en una manifa dominada por la juventud. Las canas se ven a kilómetros.

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La Apple Store, como decenas y decenas de comercios, abierta. Como usuario de Apple, me he acercado. Agunos manifestantes, con su capa, han aprovechado a Barcelona para probar el iPhone 8. Eso sí, el servicio técnico, de huelga. Para vender, adelante. Apple es Apple y le encanta ganar pasta.

Tres detalles más de mi paseo por Barcelona:

  • Por la Diagonal, una minimanifestación de unas cien personas han cortado los carriles en dirección norte, acompañados por un vehículo de la policía secreta que les abría paso en los cruces. El coche, un Ibiza negro. Ridículo. ¿Con qué derecho estos tíos cortan una calle y joroban a los ciudadanos que necesitan usar esta vía?
  • Los Mossos y la Guardia Urbana estaban patrullando y controlando lo que sucedía. Algunos urbanos tienen la suerte de circular con scooters BMW. ¡Qué lujo, alcaldesa! No he visto a ningún mosso llorando. Es importante: llorar y abrazarse a la gente a la que debes vigilar no es lo mejor que puede hacer un miembro de un cuerpo de seguridad.
  • A primera hora, la comisaría de la calle Balmes presentaba el siguiente aspecto: Algunos mossos en el exterior y los antidisturbios de la Policía Nacional encerrados tras la reja. A media mañana, la comisaría ha abierto y con los efectivos de la policía ya sin el equipo de defensa han permitido el acceso de quienes debían realizar algún trámite. Pero la imagen de la policía protegiendo a la policía da que pensar. Algo no funciona.

Qué martes más raro. Yo me he quedado sin poder hacer un trámite en la administración catalana porque mi ventanilla estaba cerrada. Precisamente la mía. En fin. Daños colaterales. El problema serio aparecerá cuando, después de haber lanzado a la calle a cientos de miles de personas, la solución al “problema catalán” no sea la independencia inmediata. Y creo que los impresentables que presiden los gobiernos de Madrid y Barcelona tendrán mucho trabajo para evitar que aparezca la violencia. Cuando enciendes la mecha de un cartucho de dinamita, corres el riesgo de que te explote en las manos.

Ante la división de opiniones, salvemos la unidad en lo importante

“Los que estáis entre los dos bandos tendréis que decidir: no se puede ser neutral”. En un primer momento, me sorprendió la seguridad y la contundencia con la que esta persona, independentista catalán, profetizó que, tarde o temprano, me iba a decantar por uno de los dos bandos. Creo que todavía no lo he hecho, pero debo reconocer que en muchos casos ha sido así.

La situación actual del enfrentamiento entre una parte de la sociedad y políticos catalanes con un gobierno español que se hace el sueco ha dividido a la sociedad. No pretendo criticar nada —salvo el agotamiento que me produce leer, hablar, escuchar cada día alguna noticia sobre la cuestión. Únicamente me gustaría sugerir que, sea cual sea la posición de cada uno, no se rompa nada más.

Alguno pensará que exagero. Está en su derecho, pero probablemente no ha vivido o sido consciente de los conflictos que la política está generando en grupos de amigos, familias, etc. Salvando las enormes distancias, me recuerda a la situación que se ha vivido en el País Vasco. Conozco a personas que, para preservar una amistad o continuar tratando con un cuñado, ha optado por obviar la cuestión política. Han cedido para salvaguardar sus relaciones familiares y sociales.

El panorama actual, cierto, no ayuda. El ambiente está irrespirable y los sentimientos, a flor de piel. Y cuando el corazón manda, es más probable perder el control y entrar en discusiones que no suelen acabar bien. 

Después de las últimas elecciones y las incógnitas que se plantean, creo que es necesario ser respetuoso y sensible, prudente, delicado. Debemos preservar un bien superior: la cohesión y la unidad familiar y social. De otro modo, se seguirán rompiendo platos, y ya llevamos unos cuantos. Son muchas más cosas y más importantes las que nos unen que las que nos separan. Preservémoslas. Vale la pena.

Pequeñas historias anónimas

Estoy echando un pitillo en la entrada de urgencias de un hospital. Sí, uno de esos edificios llenos de gente que sufre y que ante los que muchos pasamos con indiferencia cuando estamos bien.

Aquí, en el hospital, he conocido a una señora mayor, Benita. No tiene familia. Vive sola, pero le ha tocado la lotería de contar con unos vecinos que se ocupan de ella. No sacan un duro por ayudarla, tampoco creo que la señora los tenga. Son su nueva familia.

Esta mañana, me explicaba la vecina, una de las hijas ha ido a visitar a Benita y la ha encontrado desorientada. La han acompañado al hospital y han pasado el día con ella. Cuando digo día, es todo el día. Acaba de marcharse a su casa. Allí, le darán una sopita para cenar y la acostarán. Y todo, for free.

Benita no tenía familia, pero sus vecinos la han acogido. ¡Qué lección! Suena a cuento navideño, pero es gente humilde que se ayuda y hoy ha sido Domingo de Pascua. Felicidades. Yo ya me he llevado esta pequeña historia, un regalo.

No me gusta tu mirada, Pablo Iglesias

Y tampoco escribir un titular con un “No”, pero qué se le va a hacer. Hay miradas y miradas y miradas, tío, pero la tuya no me mola. Esconde algo. Ni tengo ni puñetera idea de lenguaje corporal, de técnicas de comunicación televisiva, pero sí sé de miradas, y la tuya no me gusta, Pablo Iglesias.

Cuando te veo en la tele o en YouTube, me hace gracia ver cómo toreas a algunos de los políticos y periodistas más cutres de nuestro panorama nacional. ¡Cómo te lo pasas! Pero no me gusta cómo miras a Inda o a Rojo, por ejemplo (yo tampoco los aguanto, por cierto).

Aciertas con tus denuncias. Señalas lo que muchos vemos: la podredumbre del sistema. Bien. Pones el dedo en la llaga, acorralas al sistema, a los que tu llamas casta, pero te pero aprovechas de los medios que la casta te ofrece para hacerlo (las televisiones, no lo olvides, son concesiones públicas). Y tus propuestas, chico, qué quieres que te diga. Ideología reciclada, con un envoltorio de celofán que deslumbra al verlo y decepciona al abrirlo: es vieja e inservible. Pero, sobre todo, no me gusta tu mirada.

¿Qué esconde? No lo sé. ¿Resentimiento? ¿Odio? ¿Frustración? ¿Complejos? Repito, no lo sé. Quizás con una buena formación, técnicas para comunicar y una imagen estudiada has conseguido hacerte un hueco en las encuestas, dar el pego, pero tus ojos te delatan.

Yo también cambiaría el sistema. Yo prescindiría de todos los políticos que nos gobiernan o cuentan con posibilidades de hacerlo, porque hay que empezar de cero. Y de los medios… En fin. Pero, chaval, tus ideas huelen a rancio, a reliquia familiar rescatada de un armario húmedo y polvoriento. Y no me gusta tu mirada. Algo esconde. Y tus ojos me dicen –más sabe el diablo por viejo que por diablo– que tú no eres la persona para cambiar nada.

Te miro a los ojos y me convenzo cada vez más. Y me pregunto: ¿te compraría un coche de segunda mano? No. ¿Dejaría a alguien a tu cargo? No. No creo que seas de fiar. Sí, lo admito, es intuición, pero en estos casos no me suele fallar.