Categoría: Política en mayúsculas

Catalunya, España: no hay buenos ni malos

A las puertas de la activación del artículo 155 de la constitución, que permitirá la intervención del estado en la administración de Catalunya, creo que conviene detenerse y reflexionar. En mi último post hablaba de empatía y magnanimidad. Creo que es muy importante que hagamos un esfuerzo individual para evitar que las cosas empeoren.

¿Empatía? Sí, pero de verdad. No me sirve que me digan desde fuera de Catalunya que nos quieren mucho. No me sirve porque, sencillamente, nos quieren como desearían ellos que fueran los catalanes. Los que de verdad quieren a Catalunya y a los catalanes deben ponerse en su piel y comprender por qué hay tantos catalanes independentistas. Intentar comprender lo que sienten sin entrar a juzgar si son legítimas las razones que les han llevado a querer separarse de España. Eso viene después.

Y viceversa. ¿Por qué los españoles quieren evitar a toda costa que Catalunya se vaya? ¿Por qué no entienden a los independentistas? Quizás conviene conocer sus razones y no juzgarlas. Eso viene después.

Europa, que no pasa por su mejor momento, no está para nada interesada en la aparición de nuevos estados. Manejar una UE de casi treinta países es casi imposible y que España esté sufriendo esta crisis  les preocupa y mucho. Motivos tienen.

Creo que todavía hay espacio para tratar de ejercitarnos en la comprensión y llegar a conocernos como realmente somos unos y otros. En Catalunya y en España. Sí, somos diferentes, pero tenemos mucho más en común de lo que se pueda pensar.

Creo que es imperativo que los ciudadanos y no los partidos políticos ni asociaciones quemadas ya por el procés tomen las riendas y se centren en comprender al otro que a juzgarlo. Únicamente este ejercicio podrá detener la deriva de enfrentamiento que no acabará con el 155. La actuación del estado puede parar un golpe, pero no cambiar la mentalidad ni el propósito de dos millones de catalanes. Es necesario algo más.

También magnanimidad. Sin duda, hemos llegado demasiado lejos. ¿Podía haberse evitado? No lo sé. Pero es preciso que las partes enfrentadas actúen con magnanimidad. No conviene que exista la sensación de que en esta guerra ha habido vencedores y vencidos. En primer lugar, porque no será cierto. También porque todavía hay margen para que la infección se extienda hasta llegar a un estado en el que dar marcha atrás sea imposible.

La actuación del estado, en muchas ocasiones torpe, ha servido a los fines del movimiento independentista. Ha abierto nuevas heridas. han puesto en bandeja nuevos argumentos a los estrategas de la secesión. Hay que ser muy, muy cuidadosos en cada uno de los pasos que se den.

Cuando las condiciones para un diálogo sereno se den –creo que ahora no es buen momento–, la maquinaria estatal deberá moderar su actividad y evitar mostrarse como vencedora. llegados a este punto somos los ciudadanos los que debemos obligar a nuestras instituciones a solucionar el problema intentando abandonar la polarización a la que nos han intentado llevar las partes enfrentadas.

¿Queremos a los catalanes? ¿Sí? Pues hagamos el esfuerzo de comprender cómo se sienten y construir a partir de esa comprensión las condiciones que permitan que se sientan a gusto en España. ¿Es posible? Sí. Todavía lo es. Pero exige que la sociedad se movilice para exigir los cambios necesarios en nuestro ordenamiento jurídico para que estas circunstancias se den. Y un primer paso es acabar con la partitocracia que ha aprisionado a los españoles desde 1978.

Acabo. He escrito en minúscula las palabras estado, constitución, etc., porque me parece que el bien a preservar es superior y que los problemas a los que nos enfrentamos no van de fronteras.

 

 

Anuncios

Por qué no hablamos de los grandes problemas

Un periodista publicó hace unos meses un artículo en que animaba a levantar la vista para contemplar lo que sucedía en el  mundo, más allá de los problemas locales. Fue muy criticado, me comentó. Y comprendo por qué. Con el morro pegado al terruño, no se ve más que la realidad inmediata. No basta tampoco con los medios de comunicación, en el que la inmediatez, las noticias importantes y las frívolas comparten el mismo espacio.

En esta etapa apasionante de nuestra historia vale la pena descubrir las corrientes de fondo y no quedarse con las espuma de las olas. Hoy se están generando los problemas del futuro y poca gente se atreve a encararse con el largo plazo porque los votos los da la actuación sobre lo inmediato.

En mi opinión, varios asuntos deberían reclamar nuestra atención por su magnitud, y cito algunos ejemplos:

Europa y los países europeos: la inmigración, proceda de donde proceda, tiene causas identificables y soluciones complejas. Algunos países necesitan trabajadores, a otros les sobran. Y no hay acuerdo, de modo que la tensión que se acumula amenaza con provocar conflictos en la UE. Sumemos a esta situación un dato extremadamente preocupante: únicamente tres países de la UE cubren la tasa de reemplazo generacional. Y no es un fenómeno nuevo: España lleva lustros sin hacerlo.

El envejecimiento de Europa todavía no ha planteado realmente una situación especialmente preocupante. De hecho, los países meridionales cuentan con unas tasas de desempleo desorbitadas y, en el caso del paro juvenil, demenciales. Pero en unos años la situación cambiará. No habrá europeítos suficientes para mantener a los europeos ancianos. Y –como hemos comprobado durante estos años de crisis– el estado del bienestar es muy vulnerable.

En este punto, dos factores entran en juego: el futuro del empleo y la tecnología:

  • ¿Habrá trabajo para todos?
  • Si lo hay, ¿quién trabajará? ¿Inmigrantes?
  • Por otra parte, ¿suplirá la tecnología a las personas? Si es así, ¿cómo y hasta qué punto?
  • ¿Es esta cuarta revolución industrial –término consolidado en la reciente cumbre de Davos– el final de un modelo económico y empresarial –y, en consecuencia social–?

Suceda lo que suceda, lo que parece claro es que el mundo tal y como lo conocemos hoy cambiará. Europa cambiará. España cambiará. Cataluña cambiará. Porque, la historia nos lo indica, es inevitable contener los movimientos demográficos. Porque ante un cambio o revolución tecnológica, habrá que encontrar, como se hizo en las anteriores, alternativas.

Mi confianza en la capacidad del hombre para superar un cambio como el que parece avecinarse permanece intacta. Desaparecerán puestos de trabajo, pero aparecerán nuevas oportunidades. Eso sí: con un coste, el de todos aquellos que se encuentren en el lugar equivocado y en el momento equivocado.

Sí que veo –y aquí coincido con las opiniones de algunos expertos– que el declive demográfico cambiará nuestras sociedades de tal manera que somos incapaces de imaginarlo. Los llamados valores europeos, las tradiciones, las lenguas, el color de la piel… Todo quedará diluido y mezclado probablemente con lo que traen consigo los inmigrantes. Como dicen los liberales –y en esto no les falta razón– no free lunch o, en castellano, nada es gratis. No hay hijos, pues…

Son ejemplos de estas corrientes que de un modo más o menos visible están actuando y que preferimos ignorar: desde los responsables políticos a los ciudadanos de a pie. Pero hincarle el diente a un problema que todavía no tenemos no es demasiado popular, ¿no? Y las conclusiones a las que llegaríamos quizá pondrían en cuestión la validez de los actuales “valores europeos”.

Demografía, inmigración, trabajo, tecnología: cuatro aspectos que debemos tratar con urgencia y valentía, porque, en función de cómo interactúen, producirán unos efectos u otros.

Me temo, sin embargo, que continuaremos pendientes de las tonterías que dicen los políticos y los futbolistas de 2016. Y, tal vez, antes de que nos demos cuenta, el calentamiento global provocará la subida del nivel del mar y… ¿qué pasará con el Maremágnum de Barcelona?

Charlie Hebdo y la libertad de expresión

Por partes. Lo primero: lamentable, condenable, execrable… No tiene nombre. Lo que ha sucedido en París no se puede justificar de ningún modo ni en nombre de nadie, como ningún otro atentado contra el derecho más básico del ser humano: la vida.

Lo segundo: la libertad de expresión. Debate que se ha abierto y sumamente delicado. La libertad de expresión es un derecho del que, en mi opinión, se abusa a diario sin que suceda nada. Tal vez porque nos hemos acostumbrado a convivir con medios de comunicación que, de modo habitual, juegan con la verdad como trileros. Quizás sea porque en un asunto como la religión central en la vida de millones de personas se ha convertido en una diana habitual de la sátira de algunos panfletos, obras de teatro u otras expresiones de supuestos artistas.

Pero ahora que dos chalados han perpetrado una masacre en un medio de comunicación francés, nos planteamos ahora el gran problema: ¿existen límites para la libertad de expresión? Creo que la respuesta es evidente: sí.
Sigue leyendo

Kennedy y Kruschev, ¿Rajoy y Mas?

IMG_0007.JPG

Washington, 22 de 1962. Kennedy destapa lo que días antes un avión U-2 había fotografiado en uno de sus vuelos sobre Cuba: instalaciones de misiles soviéticos capaces de alcanzar territorio norteamericano. La crisis de los misiles se hace pública y el presidente Kennedy se apresura tomar medidas. El pulso con la Unión Soviética de Nikita Kruschev ha comenzado.

Llevada al cine magistralmente en la película 13 días, este episodio muestra cómo dos líderes fueron capaces de resolver un conflicto que hubiera podido escapar de su control y desencadenar una guerra nuclear.
Sigue leyendo

Pablo Iglesias y Podemos: un toque de atención

Voy tarde con este tema, pero he querido documentarme y ver algunos vídeos de Pablo Iglesias antes de opinar. Creo que ahora puedo hacerlo con cierto conocimiento de causa.

Vaya por delante que considero que el sistema de partidos actual debe cambiar cuanto antes (aunque es utópico porque son los propios partidos quienes tienen que impulsar el cambio) y que el grado de degradación y corrupción es intolerable.

Dicho esto, al grano. Podemos ha aprovechado las plataformas que el propio sistema que quiere cambiar le ha proporcionado. Es una estrategia que demuestra inteligencia política.
Sigue leyendo