Ante la división de opiniones, salvemos la unidad en lo importante

“Los que estáis entre los dos bandos tendréis que decidir: no se puede ser neutral”. En un primer momento, me sorprendió la seguridad y la contundencia con la que esta persona, independentista catalán, profetizó que, tarde o temprano, me iba a decantar por uno de los dos bandos. Creo que todavía no lo he hecho, pero debo reconocer que en muchos casos ha sido así.

La situación actual del enfrentamiento entre una parte de la sociedad y políticos catalanes con un gobierno español que se hace el sueco ha dividido a la sociedad. No pretendo criticar nada —salvo el agotamiento que me produce leer, hablar, escuchar cada día alguna noticia sobre la cuestión. Únicamente me gustaría sugerir que, sea cual sea la posición de cada uno, no se rompa nada más.

Alguno pensará que exagero. Está en su derecho, pero probablemente no ha vivido o sido consciente de los conflictos que la política está generando en grupos de amigos, familias, etc. Salvando las enormes distancias, me recuerda a la situación que se ha vivido en el País Vasco. Conozco a personas que, para preservar una amistad o continuar tratando con un cuñado, ha optado por obviar la cuestión política. Han cedido para salvaguardar sus relaciones familiares y sociales.

El panorama actual, cierto, no ayuda. El ambiente está irrespirable y los sentimientos, a flor de piel. Y cuando el corazón manda, es más probable perder el control y entrar en discusiones que no suelen acabar bien. 

Después de las últimas elecciones y las incógnitas que se plantean, creo que es necesario ser respetuoso y sensible, prudente, delicado. Debemos preservar un bien superior: la cohesión y la unidad familiar y social. De otro modo, se seguirán rompiendo platos, y ya llevamos unos cuantos. Son muchas más cosas y más importantes las que nos unen que las que nos separan. Preservémoslas. Vale la pena.

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Animalistas: ¿el corderito de Norit acabó siendo ternasco?

Es un tema que tenía muchas ganas de abordar: la defensa de los animales. ¿Por qué? En primer lugar, porque, respetando a quien haya que respetar, me da la impresión de que los llamados animalistas tienen alterado el orden de prioridades en su cabecita.

¿Os acordáis del pollo que se montó cuando sacrificaron (quizá inoportunamente) al perro Excalibur? ¿O la juerga que se ha organizado en torno al Toro de la Vega? ¿O el creciente movimiento de oposición a las corridas de toros, auspiciado, por cierto, por los medios?

Son algunos ejemplos. Tampoco les gusta que se empleen animales para la experimentación. O en Estados Unidos obtienen para dos chimpancés el habeas corpus para “liberarlos” de su “encarcelamiento”.

Abro paréntesis: dejo para otro día el caso de perros y gatos, que tiene tela… Cierro paréntesis.

Tienen derecho a vivir“, dicen. No sé si derecho, pero si no es necesario, ¿por qué matarlos? Hasta aquí, de acuerdo, señor animalista. La próxima vez que vea una corrida de toros por la tele, cambiaré de canal. Pero, ¿alguien de ustedes me puede decir qué animales tienen “derecho” a la vida y qué animales no? 

Por ejemplo: las ratas. Son unos roedores inteligentes. Pero, según dónde les toque nacer tienen unos “derechos” u otros: pueden ser mascotas, ratas de laboratorio, de campo o de cloaca. A las primeras las engordamos y mimamos. A las demás nos las pulimos con venenos anticoagulantes que las destroza. ¿Sufren? Imagino que sí. Y las que sirven para alimentar a las serpientes que algunos tienen en sus casas…

Los caballos: un pura sangre inglés, valorado en miles de euros, es un animal con derecho a vivir, pero un caballo destinado a criar para sacrificar a sus potros y comercializar su carne como producto alimentario, no. Se les acaba la vida cuando apenas empiezan a crecer…

También hay quien come hormigas (en algunos países) o quien las gasea con productos tóxicos si las ven sacar sus antenitas por la casa. ¡Ah, una hormiga! Sí, una hormiga, un insecto que forma complejísimas colonias de las que apenas sabemos nada.

¿Y los cerdos? La mirada de un cerdo es tan humana… Pero los tratamos como… pues eso, como cerdos, nos los comemos y aquí lo único que sucede es que sube el colesterol. Pero claro, si uno se compra un cerdo vietnamita como mascota…

Palomas, cotorras, ratones, serpientes, cucarachas (con lo monas que son, pobres), avispas, mosquitos, vacas y terneros, ovejas y cabras (¿el corderito de Norit acabó siendo ternasco?)…

Los zoológicos… Otro crimen, pero, si en la vida salvaje un león macho vive doce años (suponiendo que llegue a adulto), en un zoológico, muchos más. Y come carne de otros animales en la sabana (pobres búfalos, pobres cebras) o en el zoo…

¿No es un poco confuso todo esto? Porque podríamos continuar. Supongamos que me convenzo y decido ser vegetariano. ¿Acaso una lechuga no tiene derechos? Cuando siegan su vida y las vemos en la verdulería, con el corte de la cuchilla, nadie se conmueve? ¿Y las patatas? ¿Acaso porque no griten hemos de suponer que no sufren?

¿Y los peces? Mueren ahogados… Agonizan tratando de obtener oxígeno a través de sus branquias, agitándose compulsivamente… O las gambas, que en muchas ocasiones todavía están vivas sobre el hielo de las pescaderías…

Arrancar una flor, pisar el césped, cortar un árbol, acabar con las termitas, las polillas… ¡Terrible!

Todo lo que he dicho hasta ahora es absurdo, lo sé. Pero, aun cuando los animales merezcan respeto, algo no funciona en nuestra sociedad cuando por el Toro de la Vega montamos un cirio que ocupa no sé cuánto telediarios mientras en España se producen más de 100.000 abortos al año. A ellos, a lo niños, no se les concede ningún derecho. Incluso en Estados Unido comercian cos sus restos.

A mí no me molan las corridas de toros, pero me importan una mierda mientras haya gente que las quiera prohibir por defender los derechos de una especie animal mientras niega los derechos más básicos a tantos miles de seres humanos.

 

Coge de una vez tu pedacito de mundo

Han pasado meses desde que publiqué mi último post. De hecho, no recuerdo de qué hablaba. Y he dejado de escribir por cansancio. Estoy agotado de escuchar, oír, hablar de asuntos de escasa relevancia.

Hace unas semanas, un periodista bastante ponderado –es una opinión– publicaba un artículo en el que llamaba la atención sobre lo que sucede más allá de nuestras fronteras, no solo geográficas, también las que nos limitan la capacidad de pensar más allá de lo que sucede en nuestro ámbito más cercano o –como siempre se ha dicho– de ver la realidad a través de un canuto.

¿Sabéis? La batallita entre España y Cataluña me ha empezado a dar igual. El fútbol también. Me importa un pepino. Como los toros de no-sé-dónde o si Apple ha sacado un nuevo iPhone que es la leche. ¿Qué importancia tiene todo esto? Muy relativa. Si contáramos con un medidor de relevancia, el procés, la liga, la defensa de la paloma cornuda o el Barça-Madrid estarían muy abajo.

Veamos: ¿qué es realmente importante? Los conflictos armados que se llevan decenas de vidas humanas. Los desastres naturales que provocan miles de muertos, la situación de pobreza en la que viven cientos de millones de personas, la descomposición ética de las sociedades occidentales, las crisis de muchas familias, los millones de abortos que se producen cada año en el mundo. ¿Y qué responsabilidad tenemos en cada una de estas “cosas importantes”? Depende.

Un ejemplo. El que provocó una guerra como la de Irak, iniciada en 2003 y cuyas consecuencias estamos viendo doce años después, tendrá que responder. También quien la apoyó. Pero ni tú ni yo tuvimos nada que decidir en ese asunto, tal vez unos gritos en la calle y punto.

Nuestra responsabilidad se localiza en nuestro ámbito de influencia más cercano. No se puede comer una ballena de un bocado, hay que trocearla. Coge tu trocito de ballena, yo cogeré el mío, y desde nuestro sitio ayudaremos a cambiar el mundo. Tal vez no lo veamos, pero ¿por qué no soñar con ayudar a solucionar las “cosas importantes” en lugar de vivir obsesionados con las “cosas accidentales”? Sal de tu mundo y mira el mundo de los demás. Echa un euro en la cesta de un pobre, escucha a un anciano, sonríe al vecino, saluda a la gente… Sueña. El mundo es nuestro y a cada uno le toca un pedacito. Anda, coge el tuyo y a soñar, que estamos de paso y no hay tiempo que perder en tonterías.

Pequeñas historias anónimas

Estoy echando un pitillo en la entrada de urgencias de un hospital. Sí, uno de esos edificios llenos de gente que sufre y que ante los que muchos pasamos con indiferencia cuando estamos bien.

Aquí, en el hospital, he conocido a una señora mayor, Benita. No tiene familia. Vive sola, pero le ha tocado la lotería de contar con unos vecinos que se ocupan de ella. No sacan un duro por ayudarla, tampoco creo que la señora los tenga. Son su nueva familia.

Esta mañana, me explicaba la vecina, una de las hijas ha ido a visitar a Benita y la ha encontrado desorientada. La han acompañado al hospital y han pasado el día con ella. Cuando digo día, es todo el día. Acaba de marcharse a su casa. Allí, le darán una sopita para cenar y la acostarán. Y todo, for free.

Benita no tenía familia, pero sus vecinos la han acogido. ¡Qué lección! Suena a cuento navideño, pero es gente humilde que se ayuda y hoy ha sido Domingo de Pascua. Felicidades. Yo ya me he llevado esta pequeña historia, un regalo.

No me gusta tu mirada, Pablo Iglesias

Y tampoco escribir un titular con un “No”, pero qué se le va a hacer. Hay miradas y miradas y miradas, tío, pero la tuya no me mola. Esconde algo. Ni tengo ni puñetera idea de lenguaje corporal, de técnicas de comunicación televisiva, pero sí sé de miradas, y la tuya no me gusta, Pablo Iglesias.

Cuando te veo en la tele o en YouTube, me hace gracia ver cómo toreas a algunos de los políticos y periodistas más cutres de nuestro panorama nacional. ¡Cómo te lo pasas! Pero no me gusta cómo miras a Inda o a Rojo, por ejemplo (yo tampoco los aguanto, por cierto).

Aciertas con tus denuncias. Señalas lo que muchos vemos: la podredumbre del sistema. Bien. Pones el dedo en la llaga, acorralas al sistema, a los que tu llamas casta, pero te pero aprovechas de los medios que la casta te ofrece para hacerlo (las televisiones, no lo olvides, son concesiones públicas). Y tus propuestas, chico, qué quieres que te diga. Ideología reciclada, con un envoltorio de celofán que deslumbra al verlo y decepciona al abrirlo: es vieja e inservible. Pero, sobre todo, no me gusta tu mirada.

¿Qué esconde? No lo sé. ¿Resentimiento? ¿Odio? ¿Frustración? ¿Complejos? Repito, no lo sé. Quizás con una buena formación, técnicas para comunicar y una imagen estudiada has conseguido hacerte un hueco en las encuestas, dar el pego, pero tus ojos te delatan.

Yo también cambiaría el sistema. Yo prescindiría de todos los políticos que nos gobiernan o cuentan con posibilidades de hacerlo, porque hay que empezar de cero. Y de los medios… En fin. Pero, chaval, tus ideas huelen a rancio, a reliquia familiar rescatada de un armario húmedo y polvoriento. Y no me gusta tu mirada. Algo esconde. Y tus ojos me dicen –más sabe el diablo por viejo que por diablo– que tú no eres la persona para cambiar nada.

Te miro a los ojos y me convenzo cada vez más. Y me pregunto: ¿te compraría un coche de segunda mano? No. ¿Dejaría a alguien a tu cargo? No. No creo que seas de fiar. Sí, lo admito, es intuición, pero en estos casos no me suele fallar.